Cd. Juarez, Chih.- Después de que las fuerzas rusas ocuparan la provincia de Jersón, en el sur de Ucrania, el año pasado, comenzaron a visitar la casa de una mujer ucraniana y su esposo ruso. Destrozaron su refrigerador y exigieron la posesión de su automóvil. Un día, tomaron a la esposa y su hija adolescente, les pusieron fundas de almohadas sobre la cabeza y se las llevaron.
La mujer estuvo encerrada durante días y le golpearon las piernas con un martillo. Los hombres la acusaron de revelar la ubicación de soldados rusos. La sometieron a descargas eléctricas y le presionaron los pies con los tacones de sus botas militares hasta romperle dos dedos. Escuchó gritos cerca y temió que provinieran de su hija.
Más de una vez, con una bolsa en la cabeza y las manos atadas, le apuntaron con un arma a la cabeza. Sentía el cañón en su sien y un hombre comenzaba a contar. Uno. Dos. Dos y medio.
Después, disparaba un tiro al suelo.
“Aunque en ese momento me parecía que sería mejor a mi cabeza”, dijo a The Associated Press, al relatar la tortura que duró cinco días, contados por el rayo de luz solar que se colaba por una diminuta ventana de la habitación. “Lo único que me mantuvo fuerte fue la conciencia de que mi hija estaba en algún lugar cercano”.
Los funcionarios rusos finalmente liberaron a la mujer y a su hija, dijo, y se dirigió a su casa. Se dio una ducha larga, empacó una maleta y las dos huyeron del área ocupada —primero a Crimea, ocupada por los rusos, y luego a Rusia continental, desde donde cruzaron por tierra a Letonia y finalmente a Polonia—.
Su cuerpo aún estaba magullado y apenas podía caminar. Pero en diciembre se reunió con un hijo en Varsovia. Ella y su hija se unieron a los refugiados que han huido de sus hogares desde que Rusia lanzó su invasión a gran escala de Ucrania.
