Cd. Juarez, Chih.- El recién elegido canciller alemán, Friedrich Merz, acudió a la Casa Blanca en su primera visita oficial tras su investidura, lo hizo con el objetivo de revivir la alianza transatlántica entre ambos países y consciente de la importancia de EE UU para Alemania, sobre todo, en materia de seguridad. Un año más tarde, y después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, declarase su intento de anexionarse Groenlandia, lanzase un conflicto comercial e impulsara una guerra contra Irán sin previo aviso a sus aliados, las grietas en la relación bilateral parecen cada vez más profundas.
Durante tres visitas oficiales a Washington, Merz evitó ofender a Trump con el objetivo de mantener viva la OTAN y su apoyo a Ucrania frente a Rusia y, además, suavizar el impacto de los aranceles con los que amenazaba el mandatario estadounidense. El republicano halagó entonces a Merz como “un hombre de gran éxito” y un “gran líder”. El canciller parecía estar consolidándose como uno de los mandatarios europeos favoritos de Trump, sobre todo gracias al notable aumento del gasto en defensa de Alemania.
Sin embargo, la guerra de Irán y la consiguiente crisis energética, que ha golpeado duramente a Alemania en un momento de gran debilidad económica, parecen haber colmado la paciencia de Merz, que hace días, durante una charla con estudiantes en un instituto alemán, dijo abiertamente que EE UU “está siendo humillado por Irán”. Esas palabras desataron la ira de Trump, que afirmó que el canciller alemán “no tiene ni idea de lo que habla” y que “no es de extrañar que a Alemania le vaya tan mal, tanto económicamente como en otros aspectos”.
Poco después, la Casa Blanca anunció la retirada de 5.000 soldados estacionados en territorio alemán. Merz se unía así a la lista de mandatarios, como el británico Keir Starmer o la italiana Giorgia Meloni, que durante un tiempo fueron los mejores amigos de Trump… hasta que dejaron de serlo.
Muchos se preguntaron en Alemania si esas declaraciones habían sido un desliz de Merz o si eran parte de una estrategia para reivindicar la importancia de contar con una Europa fuerte. El viernes, el canciller informó de que había tenido una “buena conversación telefónica” sobre Irán con Trump durante su viaje de regreso de China. Pero ese tuit llegó solo unas horas después de que, en una charla con jóvenes en Würzburg, reconociera que su admiración por Estados Unidos no está creciendo precisamente, y afirmara que “no recomendaría” a sus hijos que “se fueran a EE UU” para formarse o trabajar, cargando contra el “clima social” enrarecido en ese país.
Las acusaciones mutuas entre Merz y Trump son expresión de una desavenencia que llega aún más hondo que la que se produjo en torno a la guerra de Irak en la época del canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, a principios de los años 2000, que hasta ahora había sido “la mayor crisis en las relaciones transatlánticas”, como escribió estos días el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung.
Para Dominik Tolksdorf, del think tank Asociación Alemana para Política Exterior (DGAP), la decisión de Washington de retirar tropas se engloba dentro de la reorientación estratégica de EE UU, aunque ahora sea visto como una represalia, pero reconoce que las relaciones seguirán siendo difíciles en temas como Ucrania y las disputas comerciales. “Estaba claro desde el principio que con Trump sería difícil. Merz intentó durante mucho tiempo apaciguarle, pero últimamente se muestra algo más seguro de sí mismo frente a él”, opina. En realidad, remarca Tolksdorf, “solo ha dicho lo que piensan todos los demás jefes de Gobierno.
