Cd. Juarez, Chih.- Reconocidos grupos criminales conocidos como Los Viagras y el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), han empezado a contratar exmilitares colombianos como mercenarios, según una investigación en terreno del diario El País de España.
Estos hombres, con entrenamiento profesional y experiencia en conflictos como la guerra en Ucrania, han aumentado el nivel de violencia en México. No solo participan en enfrentamientos armados, sino que también entrenan a los sicarios mexicanos en el uso de explosivos, drones y minas antipersona. Los Viagras tienen varios colombianos”. Lo dice Lupe Mora, de 72 años, sentado en una destartalada oficina del ayuntamiento de La Ruana, un pequeño y caluroso pueblo de agricultores del limón en el Estado de Michoacán. En la puerta de la oficina le cuidan tres escoltas armados con fusiles del Ejército. Hace dos años, al hermano de Lupe, Hipólito Mora, lo asesinaron con 68 años a un par de cuadras de aquí cuando salía de su casa una mañana. Fueron más de 1.000 balazos a manos de 25 sicarios de esos Viagras. Los mismos que llevan años sembrando el terror en esta zona conocida como Tierra Caliente y que ahora, como el resto de grupos de la zona, cuentan además con refuerzos de exmilitares colombianos contratados como mercenarios. EL PAÍS ha reconstruido cómo operan estos criminales a través de casi una decena de fuentes en México y Colombia e información exclusiva de las investigaciones que prueban el funcionamiento de esta alianza letal y la escasa colaboración del país sudamericano para frenarla.
En la oficina de La Ruana, Mora sigue dando detalles de los mercenarios colombianos que merodean por la zona. “Andan por aquí haciéndole daño a la gente con los drones, los explosivos y los sicarios”, explica mientras el aire de un ventilador le remueve su pelo canoso. Desde el asesinato de Hipólito, él ha tomado el testigo del activismo social de su hermano, que llegó a levantarse en armas junto con otros agricultores hace una década contra los grupos del crimen. Era el inicio de la llamada guerra contra el narco, la estrategia de sacar a los militares de los cuarteles para combatir cuerpo a cuerpo con las mafias. La violencia se desbordó y el mundo miraba con estupor a México. “Estamos peor que antes, con más balaceras, extorsiones, levantones. Y además ahora con los explosivos de los colombianos”, continúa Lupe. Él mismo ha sufrido esos ataques poco después de la muerte de su hermano. Una tarde, mientras daba un mitin en una plaza en el pueblo, escuchó primero el zumbido de un dron. Y después, el estallido de un objeto sobre el techo, que dejó un boquete sobre su cabeza. “Nos dejó bien aturdidos, menos mal que había techo”, dice mirando hacia arriba.
Los vecinos de la Ruana también están al tanto de los explosivos y de los mercenarios colombianos. Recuerdan, por ejemplo, el caso de un padre y su hijo que murieron al estallarles una mina mientras recogían limón en un pueblo, Santa Ana Amatlán, a menos de media hora de allí. “Son esos pinches colombianos. Son sanguinarios, vienen a lo que vienen”, cuenta otro agricultor en el arcén de la polvorienta carretera principal del pueblo. Un poco más adelante hay colocados retenes con sacos de arena. Lo mismo sirven para los controles del Ejército que para los de los grupos criminales. El agricultor dice que es habitual ver cómo los militares se retiran de sus puestos cuando las cosas se ponen feas y prefiere no dar su nombre bajo esta explicación: “No vaya a ser que amanezcamos flotando en un canal”. Otra señora, que tampoco quiere dar su nombre, asegura que ha visto a los colombianos, que se les distingue por cómo hablan y porque van siempre armados. “Salen por la noche, se les ve siempre en grupo y van a matar y extorsionar.
